He perdido de vista el momento en que empezó su descenso. He perdido la cuenta de todas sus dolencias, de todo su sufrimiento. He querido dejar de escuchar sus llantos, su desilusión. He querido taparlo. Como si no fuera verdad que no tiene ganas de luchar, que no tiene ganas de seguir. He querido tanto mirar hacia otro lado pensando que eso podría arreglarse solo. Eso. Como si fuera algo. Como si supiéramos curarlo, sacarlo, borrarlo, eliminarlo, resetearlo. Ni idea. Haría falta un curso de aprendizaje pero es casi impensable pensar en aprender. El consuelo no se aprende, cómo se puede aprender. Quién quiere consuelo. Quieren soluciones, remedios, resultados. Lo mismo que queremos todos. Y dices mañana mañana mañana. Y el ruido se calma, las luces se apagan y una pequeña tristeza va cerrando tus ojos. La suya. Que también es la tuya.
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Retomas la semana o la tomas por primera vez, sujeta a un calendario, a un horario. Escribes tus horas en hojas digitales, con fuentes y tamaños. Reanudas tus correos, tus posturas, tus tareas. Recalcas tus ganas, tus expresiones, tus intenciones. Revienen ideas, se reconvierten, reapuntadas en servilletas. Escribes. Reescribes. Un lunes por la mañana de una semana reinventada. Y re distinta.
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Fíate de tu instinto, aunque tu instinto no se fíe de ti.
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Escucho radio 3 mientras trabajo, ahora en casa. Pienso en este pequeño viaje que me apetece tanto, en lo que voy a llevarme, en lo que voy a leerme. Miro la hora en el resto del mundo, 3:12 en san salvador, 0:13 en alaska, 6:13 en río, 11:14 en sofía, 13:14 en samara, 9:15 en reykjavik, 17:16 en perth y kuala lumpur, 21:17 en suva, 16:18 en saigon, cuantas veces contando con los dedos y ahora sólo un clic sobre un mapa, qué exactitud, mientras escribo descompenso minutos, algunos se levantan, otros se acuestan, otros comen, otros mean, por decir lo básico que lo inbásico es sólo de cada uno, de cada uno de los ciudadanos del mundo y de su tiempo. ¿Cómo serán los que viven en suva?
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Dices que sí y lo decido salimos a la calle todo es gris las aceras el asfalto gris la luz que nos cae gris la noche que llega entramos en el portal y es verde la escalera la barandilla que nos lleva a nuestro piso verde el felpudo de la entrada el timbre de la puerta salimos al balcón roja la tumbona el respaldo de la silla la margarita la vela rojo el sol por detrás de la luna o por delante rojo el cielo rojas las nubes entramos hacemos la cena amarilla la sartén tu camiseta mi pulsera amarillo el pimiento el tomate el kiwi amarillo el plato la vinagreta amarilla cenamos huele a rosa me das una rosa me pinto los labios de rosa de rosa calzo mis pies rosas son mis mofletes tu nariz con estornudos el cojín la colcha el mantel que me tiras encima rosas tus besos negra la noche que nos abraza y blancas todas las palabras que nos abrigan.
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¿Hay locuras innecesarias? ¿O locuras necesarias para seguir encontrándole algo a todo este embrollo que es la vida?
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oírlo nos molesta, no oírlo nos asusta.
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El cuelga tú, no, tú, de la adolescencia, podría asemejarse al paga tú, no, tú, de la edad adulta
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