el pito
Una entrevista de trabajo es como una primera cita. Antes de ir me duele la barriga, no sé qué ponerme, a veces me cuesta dormir. Claro que todo depende del grado de importancia del trabajo o del chico. Voy en la moto pensando en alguna cosa idiota y me salto la calle. Me cruzo con alguien que conozco y ni le veo. Me pitan en el semáforo. Y descubro cuánto me cabrea que me piten en los semáforos. Me quedaría allí clavada. Ahora me ha dado por pitar a mí. No paso ni una. Un segundo de semáforo en verde y el coche sin tirar y pito. Un peatón pasando en rojo y pito. Un despistado que se me tira encima y pito. Y el despistado me mira qué pasa y yo como si no lo viera va tira y calla. Es la ley de la calle. Puedes pitar, insultar, gritar. Nadie sabe de qué trabajas, ni a dónde vas, nadie sabe si acabas de echar un polvo o te lo acaban de echar, nadie sabe el grado de tu buen humor. Ni si quieres a tu novio, ni si te gustan más. Y llegas a la entrevista y llegas a la cita, te pones bien el pelo, te quitas las legañas, te tocas el anillo. Parece que va bien. Sin entrar en los salarios, que eso da para un capítulo entero. Y vuelves a desandar el camino, todo pitando.

