a la abuelita de rodalquilar
Alquilamos una casita cerca del mar en un pueblo de la costa andaluza, llegábamos cansados al final del día y allí estaba ella, con su voz ahogada, silenciosa y quieta, con su cara dulce y su movimiento lento, siempre arregladita se sentaba en la terraza, lentamente disponía su silla y su pequeño taburete donde apoyar los pies, cuidadosamente se acurrucaba tapándose sus piernas con un pequeño manto. Apenas nos miraba, apenas nos escuchaba, inclinaba la cabeza y se quedaba pensando, saludando de vez en cuando a alguien ya acostumbrado a esa postura de esas noches de verano, alguien que sabía su nombre y su tiempo. El último día fui a darle unas verduras que nos habían sobrado y que no nos íbamos a llevar y ella, tan sigilosa, tan tierna y tan precavida, me abrió la puerta, me escuchó y se las quedó, dándome las gracias con su voz ahogada y saliendo después a despedirnos, cuando ya nos íbamos en el coche hacia otro lugar menos tranquilo, menos sosegado y donde el tiempo tiene otro valor. Y me llevé a la abuelita en mi recuerdo, sin saber su nombre, teorizando sobre su vida, sobre sus noches, ella sola, a destiempo con él, tomando el viento ligero de Rodalquilar.

